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LA HIPÓTESIS DE GAIA

Navegando por la red estuve leyendo una noticia, en la que según cuentan, parece que unos científicos de una universidad, de las que aún pueden gastar posibles, en proyectos de investigación, habían descubierto un compuesto del azufre, que podía ser el nexo de unión entre los distintos organismos y ecosistemas del planeta, dando fuerza a la hipótesis de Gaia.
Esta presenta al planeta como un único organismo viviente, y sostiene, que todos los procesos físicos y biológicos que se dan en la tierra están conectados y forman un complejo sistema capaz de regularse por si mismo.
Visto científicamente puede ser muy válido trabajar con esa hipótesis y sus variables, pero yo, que soy más bien corto de entendederas y necesito ponerme ejemplos gráficos muy sencillos, enseguida me imagino, que eso tiene que ser como en la película de Avatar, y el planeta, la madre tierra, Gaia, es un todo con conciencia propia. Pero voy más allá y me pregunto, cómo hacemos para comunicarnos con Gaia, ya que el extendido problema de alopecia entre los varones humanos, hace imposible que todos tengamos una coleta con puerto U.S.B. para conectarnos, como hacen en la peli los larguiruchos de color azul, pero la solución viene en el mismo artículo. Y es que el compuesto del azufre encontrado “Dimetilsulfuro” según entiendo de lo que explican y echándole mucha imaginación, tiene que ser como una red wifi a escala planetaria que nos mantiene a todos en línea.
Al margen de cuestiones científicas o esotéricas, he tratado de recordar en que momentos he podido realmente estar en comunión con Gaia, conectado a esa red imaginaria, en la que uno se puede sentir parte de un todo.
 Para algunos puede que sea un instante durante un paseo por el campo, en la playa tomando el sol, admirando el paisaje desde la cima de una montaña, montando en bici, buceando y podría poner un millón de ejemplos más, pero si yo tuviera que elegir un momento, escogería una temporada, quizá no llegó a un año, en la que estuve viviendo en Bolonia, Tarifa.
Yo tendría unos ocho años, principio de los años ochenta, la casa donde nos tocó en suerte pasar esa temporada por cuestiones laborales de mi progenitor, se distribuía en una cocina, sin agua corriente, un pequeño salón con sofá cama, que compartía con uno de mis hermanos y el dormitorio de mis padres en el que también descansaba por entonces el tercero de mis fraternos.
El enclave era idílico, aislado y rabiosamente silencioso, en las noches de luna llena, a través de la ventana, observaba las ruinas romanas de Baelo Claudia, con una luz blanquecina, reflejada en las piedras y columnas iluminadas que daban al paisaje un toque algo fantasmagórico.
 Una ciudad fundada por los romanos en el siglo II A.C., que llegó a tener cuatro templos y un teatro con un aforo para dos mil personas. Antes de ir a dormir, y por las mañanas, lo primero que hacia era andar los diez metros que separaban la puerta de la casa, de la valla de las ruinas, para sacarme la picha y mear frente a la estatua de Trajano, que colgaba de una maromas columpiándose al viento de levante sin manos y sin cabeza. Era más cómodo aliviar las aguas menores allí, que tener que dar la vuelta y entrar en el patio, donde estaban dispuestos, el pozo para sacar el agua, y los baños comunitarios, uno para hombres y otro para mujeres, que compartían las cinco familias que residían en el lugar.
Por increíble que pueda parecer, las comodidades de las que habían disfrutado los residentes de esa ciudad, dos mil años antes, superaban con creces a las nuestras, con la salvedad de un paupérrimo sistema eléctrico de cuatro bombillas en el hogar y una pequeña televisión, con una antena telescópica en uve, clavada en una patata a modo de amplificador de la señal, que no te permitía ver mucho mejor la tele, de lo que con el tiempo, lo hacía el canal plus cuando estaba en codificado.
Rodeados por las ruinas de la ciudad romana y aislados del mundo entero, solo nos quedaba la playa, una playa de arena fina, blanca, peinada por el viento y que terminaba en una duna de más de treinta metros, el anclón, por la que solíamos rodar los cuatro chavales que en ese momento habitábamos, como pequeños salvajes, de una tribu perdida en medio del amazonas. Con la pleamar pescábamos con chambel, un pedazo de corcho con hilo de pesca, anzuelos y plomada, que lanzábamos desde la orilla, con la misma técnica que David usó contra Goliat con su onda. Cuando la marea estaba baja, podías caminar cincuenta metros hacia el fondo del mar sin que el liquido elemento te cubriese por encima de los tobillos, en un agua cristalina con reflejos de color oro.
Nos bañábamos en las lagunas que se formaban en el interior de la playa en un agua caldeada por el sol de medio día, dejando correr las horas de la tarde dorándonos con la luz del astro rey, tumbados en una playa, donde por entonces, paraban más las vacas bravas de capa alazán y las manadas de caballos salvajes, que los seres humanos.
Definitivamente si en algún momento pude estar conectado con Gaia y alcanzar un estado kármico, tuvo que ser en esa época en la que viví como lo hicieron los indios, con la salvedad de que iba en bañador en lugar de tapa rabos. Aunque haciendo memoria, las pocas personas que por entonces acudían a esa playa, no llevaban ni eso, naturalmente eran naturistas, y paseaban al viento las vergüenzas, cubiertas de la típica pelambrera que se estilaba por aquel entonces.
Hace unos años tuve la oportunidad de regresar, una visita de media hora, no pude estar más tiempo. La casa seguía en pie, aunque me consta, que finalmente la derribaron para continuar con las excavaciones de la ciudad romana. El lugar estaba masificado, lleno de turistas que visitaban un horrible museo hecho de hormigón  que hacía daño a la vista. La playa atestada de surfistas, disponía de un par de chiringuitos en los que no cabía un alma y que anulaban el antiguo aroma que recordaba de la historia, la piedra, los pinos, la arena y el mar, para cambiarlos cruelmente y sin atisbo de misericordia, por el olor al aceite de fritanga.

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